El otro día fui a ver la película de Wall Street II, clásico momento de ¿Por qué no?. En fin, la película es sosa y simplona, algo así como un bocadillo de Tofu y pavo, pero con mucho menos alimento.
Lo importante es la reflexión, en clave histórico-documental sobre la crisis financiera, la enfermedad de un gigante poderoso y auto-suficiente infectado de una toxicidad viral llamada avaricia. O tal vez consumismo desenfrenado.
El caso es que, debido al holismo interconexo de los mercados financieros, miles de personas han perdido sus inversiones, sus puestos de trabajo y su ambición. Lo ves en los jóvenes: la generación ochentera se ha alejado de la inocencia punk de la “Bola de cristal” para convertirse en un redil de zombies corporativos. Una generación preparada, con gran experiencia laboral y una formación exquisita atrapada en un laberinto sinfín de posgrados y estudios: consultores ilustrados, abogados sobradamente preparados, técnicos cuasi-humanistas, etc. Personas trabajando de sol por sueldos absurdos, la generación del despido improcedente y el ERE.
Es, por tanto, una época de cambios y reflexiones. Un punto y aparte (jamás un punto final) que pone en tela de juicio los valores posmodernos y la ductilidad de la modernidad líquida. Es el momento de preparar a una nueva generación, un deber sagrado y sublime de generar graduados con estudios adecuados y conocimientos robustos; pero sobretodo con grandes competencias y valores. Graduados capaces de conocer las necesidades de la empresa, del mercado laboral y de manejarse con soltura en procesos de selección a través de la utilización de férreas herramientas inter-personales.
Pero también es tiempo de Bolonia, y del Espacio Europeo de Educación Superior. De la creación de redes internacionales nutridas de profesionales con unos conocimientos asimilables e intercambiables que fomenten foros de encuentro, (“mercados de competencias”) y que sean capaces de aplicar la teoría o doctrina a lo concreto. Es tiempo de entender los trabajos y las profesiones como entes orgánicos manipulados y nutridos por la axiología del propio profesional; no de manera inversa.
Por ello, cabe la posibilidad de obtener grandes enseñanzas de los tiempos que corren, de olvidar la figura del docente como un ser docto y abstracto y de fomentar la retro-alimentación entre la triada estudiante, profesor y realidad. Una apuesta, por ello, que se nutre de un cambio radical en el sistema de enseñanza a nivel mundial y que solamente pude deparar un enriquecimiento de las generaciones futuras, presentes y pasadas.


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